Mis letras, mis palabras, mis frases, mis sentimientos…Todo cuanto plasmo, aún sin dejar de ser de mí, de mi marca, te pertenecen en pensamiento desde este instante en que tú me lees…

© ɱağ

Desde 2014

Y cierro los ojos para abrir mi ánima…

21 de junio de 2017

Tentación...


Mis noches eran auténticos calvarios donde los pensamientos prendían en mi mente, bullían espumas entre los dedos de mi mano y creaba suspiros con su nombre. Gemía las ganas que me mataban, y, el repentino arrepentimiento de desearla, laceraba mi alma una y otra vez. 
De día, me preguntaba por qué el hijo del hombre no podía tener su propia María Magdalena, llenarla de Pecado y bendecirla con la semilla del más grandioso deseo, comulgarla con mil besos y vestirle la piel de sudor.
Día tras día, ardía en ese fuego y me consumía como las velas de los atriles. Mi pecado no se exoneraba ni con un Padre Nuestro ni un Ave María. Ni siquiera con veinte rosarios en latín con todos sus misterios apartaban de mí ese cáliz. Iba directo al infierno pero el infierno lo tenía yo entre mis piernas y, entre las de ella, deseaba escribir los versos más prohibidos con la punta de mi lengua, clavarme en sus entrañas, desbocarla salvaje hasta empaparme de su esencia y tragarme sus demonios exorcizados.


No calumnio la Palabra aunque me vuelvo irreverente y hereje entre los párrafos de mi biblia donde descubro de entre el espíritu, la carne. Creo en mí. Rezo por la orbe de los milagros y la salvación de las almas. Entre ellas, la mía que es de hombre por encima de todo. Y no reniego de la Carne. Pues eso somos: Entrañas y Ánima.
Mi Animus, se alimenta de este deseo y me emborracha. Mi alma se reconforta. Necesito vivirlo... Sentirlo.


Mas los caminos del Señor son inescrutables e insoldables sus juicios. Sus sendas están llenas de misericordia, y se apiadó de mí. Obró el milagro que me llenó de gozo cuando la vi aparecer ante mis ojos como una Lilith.
Su voz sonó angelical y en su mirada reinaba el mismísimo diablo. Su boca, puro Pecado. Sus pechos, las manzanas del Edén. Y en mi entrepierna, la encarnación de la serpiente.
Dominado por el placer de saberla, ante el hombre de Dios, venció el hombre de carne y pecado existente en mí, y caí en la tentación con encomienda divina. Inconclusamente, mis manos tomaron las suyas. Las besé como quien agradece una bendición Cerré los ojos y respiré ese momento en el que ella era tan cómplice como yo.

Supe que sus días y noches habían sido también un infierno. Ardíamos en las mismas brasas. Nos atormentaba el mismo fuego. El mismo que nos daba la vida y nos estaba matando.
Nuestras miradas hablaban por nosotros. Nuestras bocas se respiraron. Tomamos la bocanada de aire y nos envenenamos de la misma lujuria. Nuestras manos se hicieron enredaderas sobre la piel del otro y la razón se perdió entre gemidos y susurros.
Estábamos condenados a consumirnos y sernos.

Hice acto de contrición ante la hembra y, postrado de rodillas, la endiosé para buscar el manantial de su cuerpo, el agua bendita que me ungiera.

Y juré, en vano, no caer en la tentación. Simplemente, la hice mi Religión...



Este jueves, Leonor, desde su blog
"Playa del Castillo" 
nos hace caer en la tentación...

9 de junio de 2017

11

La   Dama y el  Poeta



Ahí aparecía la luna, como una gran bola blanca al fondo del horizonte, iluminando el camposanto y llenándolo de una espectacular luz que proyectaba las sombras de los cipreses, cruces, gárgolas y esculturas que formaban parte del paisaje. Los nombres de los muertos tintineaban al ocaso.
Ahí solo quedaba él. Ajeno a cualquier mirada.


Sus pasos eran firmes pero no rozaban el suelo. Eran como un par de hojas que el otoño rendía a sus pies dejando que el viento las meciera.
Surgía de entre las sombras atravesando las calles del cementerio como un fantasma. Impertérrito al tiempo, fijo en sus intenciones, hasta que llegaba al banco de piedra donde tomaba asiento y se sosegaba.

Inmóvil. Maravillado. Un Pigmalión ante su obra. Asentaba su mirada en la escultura del lago. Esta se alzaba exuberante y envuelta en un halo de dulzura pero agreste al mismo tiempo.


De pie, con una mirada que se clavaba como una daga de doble filo, se erigía diosa, virgen a adorar, únicamente vestida por una túnica gentilmente enredada al cuerpo.


Los rayos de Selene se encauzaban entre las ramas de los árboles, dibujando sombras perfectas sobre el cuerpo marmoleado, acariciándolo y envolviéndolo en una magia única que no solo le había embriagado a él.
Su corazón palpitaba con tanta energía que jamás se había sentido más vivo. Nunca antes habían tremolado sus entrañas como le vibraban ahora, ni su pálida piel, rasgada y abierta como parecía notarla.
Respiró profundamente. Sabía que era el momento. Se puso en pie. Se arregló la levita, acomodó la alta chistera, tomó con determinación su bastón, y se dirigió decidido hacia el pequeño  lago, altar de la escultura.



Desde la orilla volvió a observarla. La recorrió con mirada vidriosa, de pies a cabeza, con el deseo enjuagándole en un sudor frío.
Caminó sobre la pasarela flotante hasta situarse a su altura.
Extendió la mano, nívea como el mármol del cuerpo de mujer. La deslizó suave desde la cintura hasta la cadera, hasta el remate que vencía la falsa tela. Percibió una especie de fuego en sus yemas. Se estremeció por completo, atrapado en esa extraña sensación.

- Sauala… -la llamó desde sus adentros-. Amada mía- musitó.

Su ser simuló eviscerarse y, al instante, zozobrar en una cadencia que le hizo postrarse de rodillas.
Solo en ese momento, la luna parecía iluminarse más, como si se hubiera producido un milagro que la convirtiera en mujer.
Sintió que la piel le ardía y, de pronto, volvió esa gélida caricia que le hizo tiritar. Inspiró. Dejó salir el aire tan lentamente y con tanta intensidad que se convirtió en un suspiro de amor.



       Los primeros rayos de sol se levantaban anaranjados desde la colina, arañando los eriales y recorriéndolos hasta romper  contra… No… ya no chocaban contra la figura de piedra del Poeta de los versos diamantinos.

Una joven depositaba unas pequeñas ramas verdes a los pies de la peana vacía, sin más trascendencia. Miró hacia el lago, casi por el rabillo del ojo. Desde ahí la vista era directa sobre el centro. Le pareció indiferente que la Dama no estuviera en su sitio.
Acomodó las ramas, apoyándolas en la piedra donde vagamente podía leerse la palabra "Poeta". Sonrió ante la avispada conversación de las dos señoras que se acercaban hasta ella.

- ¡No puedo creerlo!  ¿Qué clase de osado se atreviera a robar dos estatuas?
- Qué canallas, ¿verdad, señorita? –le preguntó una de ellas. La joven se encogió de hombros y, simplemente, mostró la mueca de una sonrisa complaciente. Unos pasos más allá, tras las mujeres, reconoció la figura masculina.
- Señoras… -saludó el hombre haciendo ademán de quitarse el sombrero-. ¿Nos vamos,  querida?
- Sí. Ya he terminado -respondió arreglándose la falda tras ponerse en pie.
- ¡Se parece al poeta! –susurró una de las mujeres a la otra, viendo como la pareja, tomada del brazo, se alejaba por el paseo.


Hay quien dice que en algunas noches de luna llena el lago se seca, y sobre la tierra cuarteada puede verse a la Dama del Lago junto al Poeta. 


Tema 11/52: Inventa un relato donde des vida a dos objetos.

4 de junio de 2017

Desenredada...

Te miro... Te declamo. 

Entre la lluvia y el amanecer de las nubes, 
abro mi espíritu a las caricias del Viento. 
Arrastra sus largos dedos sobre mi piel.
Hala las brumas que de tanta lasitud la han vestido,
La peina de toda aquella astenia que la hace pesada. 

Así, 

desenredada

Mi Ánima se llena 
de hálitos que la hacen palpitar, 
Blanca, Transparente...
Vibra cual pájaro ígneo 
vestido de sus reliquias,
consagradas a Su Vuelo. 

Rocío
estas gotas que salpican Lunares.
Me insuflo 
orbe de estrellas. 
Danzo en obertura. 
Introito de mis pies sobre los siales de las arenas. 
Sinfonía sin decadencia. 


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Acólitos...