Mis letras, mis palabras, mis frases, mis sentimientos…Todo cuanto plasmo, aún sin dejar de ser de mí, de mi marca, te pertenecen en pensamiento desde este instante en que tú me lees…

© ɱağ

Desde 2014

Y cierro los ojos para abrir mi ánima…

28 de abril de 2017

Metamorfosis...


Me sentía observada y estaba segura de ello. Mi primer sentido me advertía de su presencia. Era como en otras ocasiones. Ese alarido que hacía temblar el alma que no tengo, la enervación de esta dura piel que se abre una y otra vez para dejar nacer este ser, a veces oscuro; otras, con menos sombras. 

Me detuve en medio de la niebla que envolvía aquel solitario lugar donde algún gato maullaba en alguna callejuela oscura. Sabía por qué estaba ahí. Miré hacia donde mi instinto me decía. La cortina se movió, como si alguien la hubiera dejado caer. Me subí la solapa del cuello de mi abrigo y crucé mis brazos sobre el pecho para seguir caminando, arrastrando los pies sobre los adoquines mojados. 
Iba en la buena dirección pues percibía la sangre hervir en mis venas y esa sensación previa a cuando mis ojos se llenan de cristal de sangre; cuando se despierta en mí un voraz apetito de carne humana, cuando emergen mis esencias creadas tácitamente desde la mente de un loco. 


Atrás quedan los aplausos, los fans, esas rivalidades en prime time… Ahora soy yo. La de verdad. La mujer sin corazón, la devora hombres literal, la sedienta de carne y de sangre; la más cruel, la que no tiene contemplación cuando este ávido deseo me ciega la mente y despereza todos esos instintos salvajes. Mara

Estaba más cerca y debía actuar rápido. No disponía de mucho tiempo y, ante cualquier imprevisto, no siempre puedo controlar mi transformación cuando estoy de caza. Giré en el siguiente callejón a la derecha. Era fácil obtener presas ahí. Un lugar de mala muerte lleno de putas baratas, borrachos babosos, traficantes, crápulas…, pobres diablos y carnaza para no escrupulosos. Era lo que necesitaba para aliviar mi hambre y no esforzarme mucho. 

Mi piel se abría. Notaba la metamorfosis. Se me dividían las encías y salían esas dobles hileras de cuchillas. Los ojos se me llenaban de sangre y se me acentuaba la visión térmica. Podría escuchar los latidos de mi doble corazón y el crujir de los huesos en su crecimiento y la tensión de mis músculos. Tenía ya mi presa. Ahí. Ante mis ojos. Solo tenía que acercarme un poco más. Dejar que me hediera el aliento rojo y se adormeciera para caer en mis redes sin más. Ese momento es crucial para mí. Cualquier interrupción y podría sufrir algún tipo de lesión interna… Y estoy sola aquí. Podía escuchar la pulsión de su alma, el bombeo de su corazón, el sonido de su sangre corriendo por sus vías. Mi boca salivaba ese jugo pastoso con el que macerar cada bocado. 

- ¡Felicity…! 

Su voz fue una puñalada en mi constante más vital. Me giré hacia él. Le había reconocido. Lo haría en cualquier parte. Exudaba esa frialdad con la que me doblega. Es mi sombra. Mi parte más humana. Sabía que no me había equivocado cuando la cortina se movió.
Su mirada me atravesó como una daga de fuego.



Vuelvo a esto de los "Relatos de los Jueves" de la mano de Demi  que nos anima a mostrar una visión particular y derivada de su personaje Mara Laira. Esta es la mía a colación de las otras que ya he escrito sobre ella.
Más visiones en su casa de Hurligham

20 de abril de 2017

Retumbe...

Siento tu voz,
proclamando sentimiento en mi interior, 
como lágrimas nocturnas bañadas de destierro.
Aletea tu pensamiento
acariciando mi corazón a golpes de aliento, 
en variable sístole… o diástole,
dibujando parábolas convexas.

Desconvoco el vacío pleno de tu sentimiento, 
colándome entre los resquicios de las ausencias, 
gritando en el eco de tu alma.
Desbordo el deseo. 
Agonizo el sosiego.

Taño en mí todo tu tú. 
Alzo al cielo la rogativa de estas punzadas
 atravesadas en mi alma.
Los pasos sigilosos en el fino barro 
como las caídas de sangre, 
como el silencio roto…


Mag, 18/8/16

5 de abril de 2017

10

Maya y yo




El cambio de casa me estresa. He empezado a empaquetar todo. Y cuando digo todo, me refiero a… TODO. 
Sigo con esa manía mía de guardarlo todo como si me fuera a hacer falta. La verdad es que es la “Ley de Murphy”. Basta que lo tire para que luego lo necesite. Y así es como encontré aquella caja que no había tirado en todos estos veinte años. 
La abrí. Allí había pinturas de colores, pinzas de tender la ropa con el nombre de aquel cantante de un solo día, cartas a un amor no correspondido e imposible…, corazoncitos, mi nombre mil veces escrito (¿sería que tenía mi ego algo subido o que, simplemente, suena bonito?). Pero lo más grave no es eso. Lo peor es que todavía están esos pequeños muñecos de goma dura que borraban (y borran. Lo he podido comprobar) el lápiz, un sinfín de lapiceros y un par de esos bolígrafos de mil colores que hicieron furor. Uno de carcasa roja. Otro, azul. 
¡¡La abeja Maya!!
¡¡Dios!! ¡¡Me encanta!!


Me sigue gustando y es que me veo en ella. Ya no es que sea regordeta y tenga los cabellos rizados, que conserve alguna que otra peca en las mejillas, que mis ojos sean grandes como los de ella, que por hacer el bien siga metiéndome en líos… o que todo lo vea divino de la muerte, que siga dando algún que otro toque a algún que otro Willy, y ponga en su sitio a algún que otro Flip, O, porque siga siendo traviesa y pícara aunque con matices muy diferentes; porque siga haciendo alboroto por pequeñas cosas y me calle las gordas, como si tuviera respuesta para todas ellas… 
Sí, definitivamente, voy a cerrar la caja y guardarla de nuevo.


Tema 10-52: Haz una historia con una protagonista que evoque tu niñez.

1 de abril de 2017

Escucho tu voz entre las sílabas de mis palabras… 
Aunque hable en susurros 
pues se oyen más que los gritos para quien sabe escuchar… 
Mas basta cerrar los ojos y sentir los aleteos. 
Vuelo en silencio para asomarme despacio desde tu espalda. 
Y ni el silencio se atrevería a romper la piel negra sobre  la piel albina. 
Plumas negras sobre Luna blanca. 
El aire de mis alas es como un aliento suave, 
un fuego que ilumina como el ave del cenit. 
Un fuego al que pedí que me acompañara... 
y ya no me dejó... 
Ese fuego que camina conmigo… 
Ese fuego que despunta al final de tus alas 
en vuelo pétreo e intemporal, perenne… 
El fuego eterno como el graznido del santo Cuervo 
cuando evoca la luz de la Luna


"Voz de Cuervo y Luna Blanca"
© de ɱağa y Deux Courbeaux
22 de septienbre de 2016




Ni sé hallar palabras pues las mías son solo de agua en estos momentos sobre un horizonte tan oscuro como tus alas. Esas alas que desde que te conozco me han abrigado y me han mostrado otros mundos que conocía, otros mundos que había olvidado, otros mundos que conocí como nuevos... Otros mundos que ya no conoceré... O tal vez, en ese tiempo de eternidad pueda vislumbrar. 

Hoy te siento en mí con la tinta de tus letras y de tus palabras... En este momento donde nada puede calmar. Ilumino mi dolor con una vela. Mi pensamiento se llena de ti y mi alma se parte porque, de algún modo, presentía esto. Pero aún así el dolor, la angustia... que siento me embriagan de tal manera que siento revolverme en las entrañas. 

Deseo abrir mis alas blancas, blancas de brillo de luna, hasta quebrarse. No importa el dolor. Importa la luz y en ella deseo verte, por el sentimiento que te profeso, por las alegrías y cariño que he recibido, por esos tragos de "calvario" que acompañaron nuestras charlas.... Por todo eso, Gracias. Gracias por tu aleteo, por tu vibrar, por tu sabiduría..., por todo tú... Gracias infinitas. 

No hay mundo donde me pueda cobijar ahora pero sé... Yo sé... que tú me entiendes... Ahora ya sé qué es llover por dentro. Y yo te acompaño en este último vuelo, desde la sal de mis lágrimas, desde el dolor de mi corazón, desde la angustia de cada pedazo de mi alma... Siempre estarás... a ese otro lado del puente... esperándome... 

Vuela, Mi Cuervo, vuela. Vuela tal alto que tus alas se llenen de escarcha y en Amor, te acaricie en esta eternidad en la que ahora vives. Te llevas una parte de mí. No lo olvides. 

Me queda todo bueno de ti. Todo. Y me dejas tu legado, las palabras invisibles y las palabras escritas, la tinta de Tu Alma acostada en la mía... Y yo... Algo mío se va contigo, latiendo, viviendo eternamente.
Sé que no quieres verme así pero, ¿cómo hago cuando mis alas se han quedado huérfanas? Huérfanas como los cisnes de tu estanque, como los mirlos de tu árboles... Aprenderé a volar de nuevo porque debe ser así pero el cielo ya no será igual.

Cumplo tu deseo. Grito tu marcha a los cuatro Vientos, los que te han acariciado siempre. Los que nos hicieron volar juntos...
Vela mi vida, Mi Cuervo. Vélame. Sigue acariciándome en silencio, ya sin sin palabras, pero con la punta de tus alas, las que me llenaban la boca, las que venían llenas de escarcha cuando me regalabas palabras, o se llenaban de arena de mis desiertos...

Más allá de ese todo... Mi beso. Mi abrazo. Mi Sentir. Sea Tu Paz en el horizonte de esta Luna que siempre te acompañará como me acompañará el brillo de tu Alma. Siempre Eterno, Mi Querido Cuervo. Siempre. 

Mâga como tú me nombraste, como tú me sentiste...
Mi Cariño siempre, Deux.
1 de abril de 2017

22 de marzo de 2017

Agua y Sal...

Agua y sal,
tapiz que colma la quebrada de mis ojos
cuando, en sentido silencio,
miro los surcos horadados en las palmas de mis manos.
Aprieto los puños.
Se  clavan las dagas de media luna.
Arde la sangre
Y se derrama gota a gota.

Muerdo mis silencios.
Nacen pájaros de alas abiertas
Y de las yemas de mis dedos,
añoranzas y caricias,
con olor a piel de ausencia,
de nombre recordado.

Viento que araña.
Arena de mil granos de fuego.
Lija que me inclina
en el sino de las cruces de mis dedos
y en la retórica de mis piernas,
gigantes heridos postrados al destino.

Cerradas estas noches que parpadean
en trémula lujuria de luna plena,
abanicos de plumas negras al horizonte.
Amanecen en la comisura de mis labios
hojas caducas en este torrente de rocíos marinos.

Dulce salinidad,
agua fuente,
que cae por mis perfiles
al amparo de tu boca,
a la memoria de tu Amor,
al sentir de ese beso,
estrella en mi frente,
como designio de mi SerTe.
Objeto magnánimo de este Sentimiento.


18 de marzo de 2017

9

Mi soledad y Tú



Aquella noche salimos a pescar. Clavó las cañas en la arena y nos sentamos a ver pasar el tiempo. Eso es algo que se me da muy bien, como tú me dices.
Estuve toda la noche bajo las estrellas. No dejé de pensar en ti.

El cielo estaba dorado y el mar, también. Las olas besaban sutilmente las arenas de la orilla. Decían algo que no comprendí.
Susurros de esperanza.
Arrullos de deseo.
Bisbiseos de besos.
Tu nombre.

Pensé que saldrías tras alguna de ellas con tu vestido de espuma blanca. Transparente como tu corazón…, blanquecina como tu alma. Temblé entero. Me acurruqué en mí mismo. Me abracé como tú lo hubieras hecho, y me sentí pequeño en la inmensa soledad.

El cuadro era perfecto pero faltabas tú… y tu luz.



Tema 9-52: Escribe un relato que integre las palabras "luz" y "cuadro" como elementos relevantes del argumento.

12 de marzo de 2017

8

El dedal

El corazón es un horno de fuego





Aquello quejidos me partieron el alma. Caminé con ella en brazos hasta la cueva. Su aliento chocaba contra el mío.

- Shhh… No hables -le dije.
- Hablas cinco idiomas y nunca quieres hablar.

Aquello me hizo sonreír. Respiré hondo y miré esa parte suya que me enloquecía, de la que me había enamorado y que había hecho mía. ¿Cómo había llamado Madox a esa vaguada, ese valle que nace al fondo del cuello? ¡Escotadura supra esternal!





Esto es mío: Pediré al rey que esta maravilla se llame el Bósforo de Almasy, le había dicho en aquella ocasión.





Me fijé que todavía llevaba el dedal. Aquel que compramos juntos en el mercado, cuando todo parecía perfecto, cuando dimos rienda suelta a nuestro amor y a nuestras pasiones. Idiota, me llamo, confesándome que siempre me había querido, que seguía amándome. No pude evitarlo. Me llené de emoción, de rabia, de impotencia… Un cúmulo de sensaciones que confluían en esa cobardía que había hecho no saber enfrentarme a mis sentimientos y a la realidad que subyacía bajo la apariencia de un matrimonio bien avenido.
Mi hermética personalidad…
La atraje hacia mí y lloré desconsoladamente pegando mi mejilla contra la suya, mientras mis pasos parecían flaquear y a ella el aliento.

Katherin estaba mal herida. Le arropé un poco más. Encendí un fuego. La curé como pude. Inmovilicé su tobillo y su muñeca…, y no tuve más remedio que salir de ahí en busca de ayuda. Si no lo hacía, los dos moriríamos. Si lograba llegar a la ciudad más cercana, al menos cabría la esperanza. Pero eran tres o cuatro días andando, además, de que podría encontrarme con alguna tropa militar. Le dejé agua y comida suficiente, una linterna, un lápiz y uno de mis cuadernos. Le prometí que volvería a por ella y que jamás la abandonaría. No volvería a ser como antes. Además, muerto Clifton… Egoístamente… el cielo quedaba abierto para ambos.

No sé cuántas horas llevaba andando. El sol era un castigo pero no podía pararme. La tormenta de arena fue lo que no esperaba. Tuve que detenerme, refugiarme en mi mismo y aguantar como pudiera con las poca fuerzas que me quedaban. Recuerdo el sabor a arena y como esta se convertía en millones de látigos que azotaban mi piel, hiriéndola aun por encima de mi ropa.
No logro recordar más.

Cuando desperté habían pasado cuatro jornadas, con sus días y sus noches. Me hallaba en un sitio desconocido, tumbado sobre un camastro limpio. Yo estaba aseado; incluso, afeitado. Vestía una especie de túnica larga que me llegaba hasta los tobillos y tapaba mis brazos hasta las muñecas. Tenía las manos vendadas y sentía paz en todo mi cuerpo. Recuerdo que escuché voces de mujeres. Hablaban todas a la vez y me costaba comprender. Desconocimiento y aturdimiento.
Cuando pude aclarar mi vista, que no mi mente, no podía creer lo que estaba viendo. Ante mí, como un ángel llegado del cielo, estaba Katherine. Quise sonreír pero me dolía la cara. La notaba como si tuviera un cartón pegado.

- Shhhh… Estás a salvo, mi amor.
- ¡Khat! - Estoy bien, condesito –Y su sonrisa me pareció un milagro.- No hables. Eres muy mal paciente...

Me dio un poco de agua y respiré profundamente. Pacientemente, Katherine se encargó de ello. Una pequeña caravana de lugareños se alejaba de la ciudad y de la zona de conflicto. Los británicos controlaban el área y era un ir y venir de tropas. El destino, la suerte, el azar, Dios o Allâh, les había cruzado en mi camino. Justo antes de la tormenta de arena me habían avistado. Antes de vomitar la arena y perder el conocimiento había sido capaz de explicar el porqué de hallarme allí. Sin dudar, aun a riesgo de poder tratarse de una alucinación, fueron en su busca. La habían cuidado como una más de su gente. Y a mí…Y a nuestro recomenzar.


Tema 8-52: Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente la historia.

7 de marzo de 2017

7

 Un antes lleno de recuerdos.
Un después lleno de olvidos.



Se había levantado aquella mañana más contenta aunque no sabía el motivo. Observaba el paisaje a través de la ventana. Siempre le había parecido muy hermoso. Y parecía reconocer al gato cuando se rozaba en sus piernas, ronroneando, aunque, simplemente, lo llamaba “gato”. Era lo único que tenía claro de él.

Su vida era una serie interminable de archivos, de información repetida. Día a día, antes de irse a dormir, repasaba lo anotado sobre una página casi en blanco porque así era parte de su memoria al día siguiente. Al principio, no parecía ser tan duro como ahora y le daba miedo dormirse. Despertar era sentirse perdida. No saber dónde estaba, con quién estaba, cuándo, cómo… Todo cuanto vivía, experimentaba, pensaba, hacía… quedaba perdido a largo plazo, un plazo que no abarcaba más allá de, en ocasiones, minutos; a veces; horas. Y nunca superaba aquella jornada. 

Habían pasado ya varios meses desde el accidente pero su amnesia anterógrada la mantenía esclava a la inexistencia de recuerdos. Un paso lleva a otro paso pero, en su caso, un paso siempre era un primer paso que no llegaba a ninguna parte. Un antes lleno de recuerdos. Un después lleno de olvidos. Ni tan siquiera tenía tiempo de sentirse mal, ni decepcionada, ni impotente. Se le olvidaba. Su mente era un continuo ordenador siendo reseteado sin haber guardado antes la información. Información caduca. Información perdida. Cierre de pantalla. Documento nuevo. Su vida era nacer cada día pero con menos tiempo para vivirla. 

Le habían recogido la cafetera de cápsulas y se hacía el desayuno con la cafetera de toda la vida. No tenía un teléfono inteligente. Le daba igual tener cien canales de televisión o ver repetida la película del lunes el domingo y seguía haciendo fotografías con la vieja réflex aunque olvidaba que las había hecho. 
No pensaba en Flavio a pesar de ser el hombre que amaba. Tampoco cuánto lo amaba y su nombre era olvidado al tiempo de ser pronunciado. Era un tipo simpático que le traía flores todos los días, que dormía en la habitación de al lado según que noches, que le tocaba con la guitarra su canción favorita, que le preparaba el desayuno los días de fiesta y le hablaba de sueños compartidos que no siempre sentía fueran suyos, de lugares a los que no habían ido… pero irían. Le hablaba mil veces de unas flores del desierto que crecían a la luz de la luna y olían como azahar, de cómo se habían conocido o cómo había sido aquel primer beso o, incluso, cómo había sido de especial haber hecho el amor en aquella cabaña de la montaña. Solo sabía que se sentía muy bien a su lado y se llenaba de felicidad, que le encantaba ser besada y abrazada por él, que se volvía loca cuando le hacía el amor… Y luego, todo era empezar...

Pero cada dos por tres se encontraba un cartel, un folio rosa flúor con una larga explicación que le recordaba que debía repasar su memoria artificial: Ir al salón, abrir el ordenador y ponerse nerviosa porque el sistema era nuevo aun siendo ya obsoleto. Buscar los archivos que tenía escritos según el calendario de su agenda, de la que no se separaba por nada del mundo, donde iba apuntando con frases inconclusas y expresiones alteradas aquello que vivía en un momento dado y le llamaba la atención. Ir a la pared del pasillo, obligado paso para moverse por la casa y donde se acumulaban fotografías de personas y cosas con datos pertinentes que le sirvieran de recurso. 
Sin embargo, nunca le había gustado hacer punto y no había puesto interés alguno en aprender. Ahora hacía unos encajes preciosos. Nunca un gato tuvo una mantita tan trabajada. 

Al final del día siempre tenía una nota que no era suya y que continuaba para ser la primera anotación del día siguiente: 

... Hoy es un nuevo día, cielo. Todo un mundo por descubrir, un recomenzar. Vuelve a brillar el sol. Lo que pasó ayer ya no importa. Hoy tenemos de nuevo todas las oportunidades. Estás en mi mente y sé que yo estoy en alguna parte de la tuya. Mira mi foto. Mira a Flavio. Mira al hombre que te ama, que te busca y que esta noche te hará el amor. 
Ten un buen día, amor. Te he dejado el café hecho. Muah… Muah… 

La fotografía de ambos en París era el marca páginas de la agenda. La tomó en su mano y sonrió: 

- Sé que te amo pero lo olvidaré en un momento. No volveré a pensar en ti hasta que vuelva a ver la foto y sonría de nuevo. En algún momento entrarás en casa y volveré a preguntarme por qué…




Tema 7-52: Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.

2 de marzo de 2017

6

A los pies del  Coloso


Abrí los ojos a duras penas. La luz se colaba por los resquicios de una densa cortina mal corrida. Mis párpados parecían dos losas. Me sentía tremendamente cansada y, por un momento, confundida. Me costó ubicarme.


Abracé la almohada. Olía a él. Me envolvió su aroma.
Yo…, yo, también a él, a su sexo, a su esencia… Tenía mi piel impregnada de él.
Tenía agujetas hasta en el alma porque hasta el alma me había follado. Me desentumecí un poco y mi cuerpo se resintió encima de las sábanas.
Un intenso aroma a café envolvía el ambiente. Y me pregunté si había dejado que el servicio de habitación me viera desnuda sobre la cama. Me entró un repentino sentimiento de pudor… y una convulsión de rabia.

Me acerqué hasta la silla donde estaba su ropa. Quería tocarla, sentirla sobre mi cuerpo. Cogí su camisa, con ese olor tan de él, de su perfume, de su piel… Me embriagué de todo ello, de todo su ser, y sentí que me abrazaba. Sonreí.

Cuando me dijo que le acompañase a Roma, lo último que esperaba es que me fuera a dar aquella noche tan especial. Pensé que sería un viaje más de esos de trabajo, tedioso y largo. Y, realmente, así habían sido las jornadas anteriores. Terriblemente tensas, sin un minuto para relajarse.

Al pasar frente al gran espejo sobre el taquillón, me alcé sobre mis puntillas. Me picaban los glúteos. Con razón. Todavía  tenía  rubores en mis nalgas de las palmadas dadas.
Sonreí con cierta picardía. Sarna con gusto no pica aunque mortifica. Pero sentirme así, atrapada en sus dominios, gozar de ese deseo, de su virilidad, del golpeteo de sus palabras ahogándome las ganas al tiempo que enervaba mis lujurias… Sentirme tan hembra, tan salvaje y tan atrapada en sus garras. Una experiencia indiscutiblemente repetible.

Me serví una taza de café, y me acerqué al balcón cuyas puertas permanecían a medio cerrar. Un sol resplandeciente, con alguna nube en el cielo y al fondo, el Coliseo. Imponente. La ciudad bullía y el café se deslizaba por mi garganta. Me perdía en esa sensación mientras el fresco de la mañana se colaba por debajo de la camisa, erizando mi piel… sin percibir la presencia de Mark acercándose por detrás hasta que su pecho se apoyó en mi espalda. Me sobresalté. Sus brazos se cruzaron en mi cuerpo, y su aliento se fijó en mi cuello.


- No imaginé nunca que mi camisa pudiera sentarte tan bien –me susurró mientras rozaba el lóbulo de mi oreja con sus labios. Mis pechos se irguieron… Su aliento, la sensación de sentirle tan cerca, su erección en mi piel, mi imaginación llena de lujuria. Eché la cabeza hacia atrás cuando sus manos atraparon mis pechos.

- Todavía me duele el culo…
- Eres una floja. Fueron cuatro palmaditas de nada… -aseguró mientras bordeaba la cadera para centrarse sobre mi sexo.- Y todavía estás mojada. Anoche me sorprendiste aunque sabía que dentro de ti hay una viciosilla. Te comportaste como una salvaje y al final cediste como me gusta. Quiero que seas siempre así en mi cama…- musitó, de pausa en pausa, besándome el cuello, mordisqueándome. Noté que me estremecía entera, que mi cuerpo temblaba, que volvía a sentirme húmeda… y solo me había rozado. Sin profundizar más. Abrí mis piernas cuando sentí sus dedos rozando mis labios…- No sueltes la taza –inquirió adentrándose en mí, cerrando sus dedos en torno a mi clítoris que parecía esperarlo con cierta ansiedad. Nada más fue tocado, reaccionó.



Abrió la camisa. Dejó al descubierto mis pechos… Los buscó, los magreó suavemente, despacio…, indagando en la erección de mis pezones. En ellos todavía sentía la tirantez de la noche anterior, la tortura sufrida por sus dientes, por sus labios, por sus manos… Aquellos tirones, aquellas retorcidas… Aquellos gemidos que me había provocado; los gritos que había acallado tapándome la boca, echándome hacia atrás mientras me empotraba una y otra vez…

Ahora, en ese momento, ahí, con Roma ante mis ojos, Mark provocaba mi excitación. Hacía que mi sexo empezara a llorar por sus gestos, por él, por las ganas de ser poseída de nuevo, de entregarme sumisa, completamente cedida, consintiéndolo…

Costaba mantener la taza en equilibrio. Las piernas me temblaban, y las ganas de aferrarme a él, de poder tocarlo, sentirlo…, me turbaban un poco.
Mi respiración se entrecortaba al mismo ritmo que el café retemblaba en su recipiente. Del mismo modo que mi cuerpo temblaba entre los brazos de ese hombre que me había llevado a la realidad de una experiencia mil veces imaginada.

- Si se te cae una gota de café, te castigaré… -me dijo con tanto convencimiento que me revelé. No acepto bien las órdenes y como juego estaba bien pero me sonó demasiado autoritario.
- ¡Deja de decir ya tonterías!  –Y al tiempo que lo decía, él me dio una palmada en el trasero. Entre que no me lo esperaba y que ya andaba con el equilibrio reducido por la excitación, el café se me desbordó de la taza, cayendo sobre la camisa. Le miré y quise ponerme en mi sitio. Me quitó la taza de la mano, con toda la serenidad y parsimonia del mundo, como si ni me escuchara ni oyera siquiera. La dejó sobre la mesa. Me miró. Por un momento pensé que iba a estamparme una bofetada. Su mano se abrió y me agarró de entre las piernas con fuerza, juntando mis labios, haciéndome poner de puntillas y provocando mi quejido. Amén de que estaba resentido de los toques a mano abierta recibidos en la noche. Me tapó la boca con su mano libre. Y juro que sentí cierta desazón.
- No grites… Te he avisado.

Supongo que se dio cuenta del mensaje que con la mirada le envié y aflojó ambas presiones. A cambio, me hizo caer de rodillas. Desanudó la toalla que se ceñía a su cintura, dejándola caer al suelo. Su pene estaba completamente erecto. Ahí, ante mis ojos, a la altura de mi boca. Agarró mi pelo como quien toma una rienda, y me sentí yegua domada, amedrentada por un segundo…
El juego no había terminado.
Me obligó a levantar la cabeza. Se inclinó. Me besó con rotundidad, casi doliendo…

-Ahora me harás caso y no es bueno que protestes… Te voy a llevar a semejante locura que suplicarás más… Abre la boca –ordenó mientras se ponía erguido. 

Obedecí sin rechistar, y no por sentirme amilanada, sino porque dentro de mí emergían unos deseos incontrolables de sentirle, sentirme, complacernos. Todo se me venía de forma natural como aquella arcada que me invadió al sentir su dureza clavada en mi boca. Ahí se mantuvo, probando mi resistencia, percibiendo mi agonía en ese momento. Sentí que me ahogaba… hasta que empezó a retirarse levemente.  Y el alivió se mimetizó con la leve pero decidida bofetada que me dio en la mejilla, mostrándome su dominación o para espabilarme, para mantenerme alerta... No me la esperaba. No contaba con ella y me enfurecí. Me aferré con las uñas a sus muslos. Clavé con fuerza y él empezó a embestirme, a profanarme la boca…
Sin contemplación… Dentro… Fuera…
Con rabia, con ganas… hasta que mis lágrimas se mezclaron con mi saliva…, y esta, con su bálsamo. 
Me lo bebí golosa, hambrienta,  famélica, ávida… mientras en mi mente sentía una liberación especial, un sentir en mi cuerpo se extasiaba el sentido de la suma entrega, de la sublimidad de ser poseída, culminada en un gozo compartido, ajena a todo sentido de humillación, de mal uso…
Sí, me sentí usada en plenitud, por consentimiento propio.

Ese día fue una fecha importante, ocho de noviembre. Mi nacimiento. El primer día de todos los que luego han venido; un día de entrega, de reconocimiento mutuo, una forma de sentir y de vivir nuestra sexualidad, nuestro modo de vivir nuestros encuentros más íntimos. El día que reconocí mi entrega. El día que me hice Suya. El día que no dejó de ser MÍO.

Tema 6-52: Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.

23 de febrero de 2017

5

Las ciudades de   Los   Muertos


Su entrada en la taberna había causado un tímido silencio, siendo el centro de atención durante unos minutos. Luego empezó a pasar más inadvertido y, aunque parecía ajeno a cuanto le rodeaba, no perdía detalle de todo lo que acontecía. 

Nada escapaba de su atención. Un ligero repaso al local y todo quedaba en su cabeza. Sonrió y, al tiempo, le avergonzaba la bravuconería de aquellos ebrios hombres propasándose con las chicas de la taberna que se zafaban o dejaban en función de sus ganas. Tampoco le pasó por alto aquella otra mujer que servía las comandas y bebidas sin perderse en lisonjas. No le llamaba la atención, a pesar de no resultarle indiferente, su cabello ondulado y rojizo, ni la blancura de la piel o el descarado escote por el que asomaba el nacimiento de unos pechos poderosos. Se había fijado en el hecho de que ningún hombre osaba tocarla de forma obscena y, curiosamente, en su vestido de mangas largas.

Tampoco para ella había pasado desapercibido el forastero por el porte y por su olor. Mientras él era como un lobo, capaz de oír a través del viento, por su extraordinaria capacidad de discernir los sonidos, aislarlos y quedarse con lo que realmente le interesaba; ella era como una loba en cacería, capaz de detectar cualquier olor, aroma, esencia, bálsamo a centenares de pasos de distancia. Y un olor tan especial como el de un Hergo no podía pasar inadvertido a una Derbra. 

El mesonero salía de la cocina con la comanda para el foráneo cuando la joven Derbra se interpuso en su camino. 

- Yo lo llevaré… 

Ni siquiera el hombre tuvo tiempo de reaccionar. Negó con una sonrisa y siguió a sus cosas. 

- Aquí tiene, señor. Espero le guste el estofado de jabalí. 
- Gracias –dijo sin mirarla. No le hacía ya falta-. ¿Puedes servirme un poco más de vino? 
- Sí, claro. 

Se ajustó la manga izquierda. Le llenó el vaso y cuando se iba a retirar, él la sujetó fuerte por la muñeca izquierda, la que ella tenía retirada adrede. En la cara interna tenía su destino marcado de nacimiento. Le quemaba la piel aquel contacto y sabía que no había marcha atrás. 

El hombre Hergo le giró la muñeca. Levantó la parte de la manga que le cubría la muñeca. Ahí, sobre las tres líneas naturales que marcaban la piel, estaba el extraño tatuaje; una mística mancha de nacimiento que él sabía debía llevar, y que confirmaba que ella era una Derbra, pero no una Derbra corriente, si no una de las que guiaban en el camino de la muerte para quienes estaban predestinados.
Solían asentarse en ladeas cercanas, con mucho tránsito de personas, sabiendo que en el oeste se encontraban las ciudades de los muertos, donde los Hijos de las Trece Tribus  iban voluntariamente a morir por vejez, enfermedad, deshonor... o amor. Su destino era acompañar en ese momento crucial y solo, en casos muy excepcionales, extraordinariamente nombrados, tenían la potestad de recomponer ese luctuoso final. Sabía que no podía negarse si el Hergo susurraba o pronunciaba su verdadero nombre. 

- Te espero en mi cuarto, cuando termines… Tenemos que hablar. Quiero ir al oeste –confirmó, dejándola ir. 


Tras cenar, salió al exterior. El cielo se cubría de unas oscuras nubes que amenazaban con una intensa tormenta. El viento movía con agresividad la capucha con la que se cubría cuerpo y rostro. Respiro hondo, se refugió en su tela de abrigo y caminó hasta el establo para asegurarse de que su animal estaba bien. Luego, volvió a entrar en la posada para subir a su cuarto donde aguardó la llegada de la Derbra quien no dejaba de escuchar su nombre mil veces repetido en sus adentros. Era la prueba determinante de que debía servir al joven Hergo. 

- … Hay que atravesar el bosque. Sabes que hay que hacerlo de noche. Sus leyendas de seres salvajes y sangrientos nos ampararán. Saldremos antes del atardecer para que poco antes de que amanezca nos hallemos a la entrada del valle. De ahí, en media jornada, estaremos en la ciudad donde el viento no sopla. Haremos el ritual. Te llamaré por tu nombre y te haré las tres preguntas. Me nombrarás tres veces y, entonces, uno de los dos no regresará jamas.

Saber que el destino estaba en manos de una Derbra era parte de sus raíces también.  Y confiar su salvación a la interpretación que la Guiadora pudiera hacer de los Ancestros no era esperanza.
Cuando el cielo empezó a arrebolarse se prepararon para el ritual junto al Río de la Lluvia. Él se rasuró la barba, se bañó en el río, y ella le pintó el cuerpo con pintura tribal mientras cantaba entre susurros. Luego, lo hizo él en ella en tanto pensaba el nombre de la Derbra.

Frente a frente, desnudos ante los últimos rayos de sol de ese día, ante la memoria de los que ya no estaban, la Derbra empezó a preguntar como penúltimo paso del ritual.

- ¿Por qué vienes a morir?
- Por deshonor.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Dregon, hijo de Rus, de los Hijos de Hergo.
- ¿Cuál es mi nombre de destino?
- Allkore -pronunció con rotundidad.
- Debo hablar con los Ancestros, Dregon,  y saber la realidad de tu deshonor. Luego obraré en consecuencia con la potestad de los que  todo lo ven y todo lo saben.

Allkore, la Derbra, se alejó unos pasos. Se orientó hacia el oeste del oeste. Levantó su rostro a la Gran Madre del Cielo, extendió su brazos a media altura y entonó los cánticos que sonaban a plegaria. De fondo, el sonido de la voz masculina pronunciando su nombre tres veces. 
Dregon aguardó tumbado en el suelo, boca abajo, con la frente anclada en el suelo, donde también se clavaba su mirada, para orar las palabras sagradas de los Hijos de Hergo.

Debía permanecer así hasta que la Derbra le indicara lo contrario.

- Los Ancestros que todo lo ven y todo lo saben, me han hablado, Dregon. Ponte en pie para escuchar lo que debo decirte. -Hizo una pausa y quedó nuevamente cara al Hergo-. Debes entregarme tu daga, la que usaste para intentar acabar con tu vida, y ofrecerme tu mano derecha... ¿Es esa la daga?
- Sí.

Allkore tomó la daga y sujetó fuerte la mano masculina. Realizó siete cortes equidistantes a lo largo del brazo, desde el hombro hasta la muñeca, de modo que la sangre de las incisiones confluyera en la palma de la mano. Con ella, la Derbra realizó una serie de dibujos en el rostro del hombre. La restante, junto al arma, él debía enterrarla.

Al darse la vuelta, la mujer estaba yaciente en el suelo. Él sabía que en muy contadas ocasiones, según la tradición hablada de las Trece Tribus, las Derbras ponían su vida y sus poderes en manos del destino y salvar así la del Guiado. Solo si el Liberado lograba darle su aliento antes de que ella perdiera el último suspiro, ambos podrían regresar vivos.


  

- ¿Por qué estabas dispuesta a dar tu vida a cambio de la mía?
- Porque, aunque intentaste reunirte con los que no están y sabes que está prohibido morir en propia sangre, no eres culpable de deshonor pues jamás abandonaste a tus hermanos en batalla. Y al salvar mi vida, restauras el honor que tú mismo mancillaste al intentar acabar con la tuya.




Tema 5-52: Usar la frase: "En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos" para hacer una composición creativa.

16 de febrero de 2017

4

Taurus


Mi sino es una continua carrera en esa especie de laberinto del Minotauro, donde ni tengo un cordón de Ariadna ni soy un Teseo en busca de la aniquilación del animal
Corro por mil y un pasillos, con el sofoco y el pavor soltando toda la adrenalina…, fingiendo que no me canso, con cierta ironía ante una situación que no puedo controlar… Y es que al girar la cara, mis ojos se encuentran frente a frente con ese impresionante, negro y perfecto morlaco que disfruta de la carrera, que juega a alcanzarme pues nunca termina de tocarme… Y sus cuernos, perfectamente blancos, albinos como una luna llena, con la curvatura perfecta… Ahí, a dos dedos de mí… No muge pero su aliento me quema. Su mirada, me atraviesa.

Pasillo sin fin, puerta tras puerta, habitación tras habitación… pisándome los talones, aunando en mi angustia por ser atrapada… ¡Dios! No encuentro salida. Estoy cansada… Él sigue, inagotable, como una sombra, pegado a mí.
Una posibilidad… Si tal vez… Por ahí no podrá atraparme. Solo he de tener la fuerza suficiente.




No siento su presencia tras de mí. Es como si hubiera desaparecido, como si me hubiera zafado de él… No me relajo pero me siento más calmada... Una enorme puerta se presenta ante mis ojos... La inercia me hace abrirla. Solo es una puerta más... y seis bravos astados que se elevan ante mí como dioses colosales, tan negros como el alma de un demonio contrastando con la palidez de mi rostro, con mi aliento cortado en mil pedazos, con el pecho luchando por no dejar salir el corazón… y sin tiempo para rezar por mi último suspiro,  presiento la figura del primigenio alentando en mi nuca…


No hay salida. No hay esperanza… Pero aún dentro de todo mi miedo y del eco que los latidos de mi corazón producen en mí, los mugidos de aquel otro bicho alado suenan como trompetas angelicales, como un clamor hiriente hacia las magnas reses que, atónitas y desconcertadas, levantan sus cuartos delanteros y embisten con sus cornamentas la invasión del enemigo, que no es otro que mi salvación… Seis comandos de fuerzas especiales de asalto descienden  técnica “fast rope” al rescate de la princesa en apuros…



Tema 4-52: Escribe una historia en la que salves la situación con un deux ex machina.*
"El Libro del Escritor"


* La expresión deux ex machina se emplea para referirse a un desenlace que no se deduce de manera lógica de la trama, sino que resulta gratuito, es como meter algo a patadas, sin venir a cuento, para resolver la historia.

11 de febrero de 2017

Sekiná...




Mi cuerpo, 
zarzal de sarmientos y espinas, 
nido de rosas con pétalos engarzados 
y esquejes de aguacero.
Sekiná.

Aguacero de mis ojos, 
cristales líquidos, 
salinos y de transparente Esencia. 
Cuentas de rosario con tu nombre, 
en el sino de mis manos. 
Colmado de vacíos plenos 
los cálices sangrados y yermos 
de esas caricias que penden en zalema.

Palabras mudas. 
Quejidos quedos. 
Lamentos ignotos.

Aves de espuma púrpura 
en mi boca gozan como ángeles caídos 
liberados del abismo al Silencio. 
Agujas de estigmas 
cosen desvelos y vigilias,
lauros y venturas 
en penitencia carnal. 
Copulan
Tu Ánima,
mi Animus.
¡Ángelus!

Alzo mi voz callada 
y en mí se hace Voluntad de Ti. 
Tuya. 
Tu faz. Tu Iqar. 
Sierva, Hija, Reina. 
Ousía de Tu Carne y Tu Espíritu.
Tu Gloria.
Sekiná.



7 de febrero de 2017

3

En lo oscuro de la noche



Esta ciudad...
Parece que nunca duerme. De día el sol luce y, al ponerse este, tampoco reina la oscuridad pues miles de luces irradian en un apogeo que parece dotarlo todo de una inconmensurable magia. Y yo, desde mi atalaya, soy como un vampiro a contra natura. 

Así me he sentido desde siempre. De niña, típicos miedos nocturnos… De mayor, exceso de imaginación dicen… Un trastorno superable. Me gusta la noche pero, en cambio, siento un atroz pavor por la oscuridad, aunque no es en realidad a la carencia de luz a lo que siento fobia, sino a todas esas incertidumbres, todas esas maleficencias que encubre el ser humano bajo la estela nocturna. Cierto, no tiene hora esa maldad existente en algunas almas ajenas a la necesidad. He luchado contra ello desde que en vez de defender a los malos, decidí proteger a los buenos e indefensos juzgando a quienes les hacen daño. Verdad es que la justicia no siempre es eficaz. Ahí es donde decidí entrar yo. Sí, es tomar la justicia por mi mano, dirían. No, es ejecutar lo que las leyes no saben, lo que las pruebas no justifican…, aquello que no he podido castigar aun a sabiendas de que no cabía otra cosa. 

Dentro de mí latían esas ganas de quemarlo todo, de purificarlo. Por otro lado, el abandono al libre albedrío. No me siento eso que llaman “superheroína”. No tengo súper poderes. No soy invencible. No tengo el poder de la verdad. Solo Mi Verdad… Pero me sentía agotada. Además, esta sensación me estaba torturando como nunca. Tal vez porque no soy tan fuerte, tan segura, tan ágil, tan resolutiva como antes… 

Él siempre me ha apoyado. Me dice que es falta de seguridad, exceso de responsabilidad, que no puedo controlarlo todo. No está en mi mano. Solo puedo hacer una mínima parte de lo que me gustaría. 

Me enfundo en negro, me pongo mi distorsionador de voz y me subo a mi moto que, como yo, es sigilosa, parte del silencio. Así puedo obrar en consecuencia; siempre protegida en las sombras, jugando a la sorpresa… Dar el golpe justiciero, salir de ahí y que nadie sepa jamás quien ha dado digno final al mal. 


- No puedes abandonar. Para mucha gente en esta ciudad, tú eres la única esperanza que les queda… y también la mía. Eres una buena jueza, mejor mujer, y dentro de ti hay un ser que es capaz de todo por una injusticia aún a riesgo de perder tu carrera, de perder tu propia vida pues nunca sabes qué te encontrarás realmente. 

Llegaba a casa después de unos de esos días duros y había decidido que me tomaría la noche libre, disfrutar de una cena para dos, miradas cómplices…, regocijarme en estar con él. 
Tampoco se me había hecho extraño que no me respondiera a los mensajes o no me cogiera las llamadas. A veces ocurría en función de lo que llevara entre manos, pero sí me resultó raro ver su coche mal aparcado en la plaza del garaje. Tuve un mal presentimiento. Volví a insistir en una llamada. Nada. Saltaba el buzón de voz. 
Subí a casa con la mala sensación intensificada en mis adentros. 

Tal vez aquello fuera una especie de advertencia. Siempre había pensado y rechazado esa posibilidad, la de que alguien se tomara la justicia por su mano de la forma más violenta. Yo soy muy cuidadosa. No respeto mis horarios, no sigo los mismos caminos… pero nadie escapa a determinadas garras. 
La música estaba muy alta. Algo nada habitual en nuestra casa. Entonces, recordé el sistema interno de seguridad… No funcionaba. 

Respiré hondo. No sabía qué me encontraría dentro ni si sería capaz de hacer frente a lo que me hallara. Ya no me serviría ese don de la palabra, y saber convencer a la parte contraria, que reconociera su culpa y pagara por ella de forma legal, el poder anticiparme a los hechos… en plena oscuridad. Le localicé en el baño, mal herido, golpeado sin piedad; con el rostro casi irreconocible, tumbado sobre un charco de sangre y vómitos. Se había orinado encima por el dolor… o por el miedo a morir… pero aún respiraba. Sí, aún estaba vivo y yo no iba a parar hasta encontrar a los culpables de aquello, que se arrepintieran de aquello hasta el último aliento de vida… 

No iba a ser venganza. Iba a ser Justicia. Justicia con todas las de la Ley... también la mía. 
De día... De noche.



Tema 3-52: Imaginar ser un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad. Escribe un relato de superación.

31 de enero de 2017

2


La chica del Saloon



Las chicas del Saloon eran un auténtico espectáculo. Eran las primeras que habían llegado al pueblo. Los hombres se volvían locos. Las mujeres las miraban con desprecio, acusándolas de furcias y de roba maridos.
Cierto es que algunas se sacaban un dinerillo extra compartiendo sus encantos con algún que otro vaquero o algún hombre de negocios que estaba de paso. Pero ella era diferente. La más deseada aún sin ser la más bella. Mas su cuerpo era un templo sagrado digno para el más alto de los dioses, para el más magnánimo de los hombres.
Se retiraba a su habitación y ya no era vista hasta la mañana siguiente cuando, con su mejor sonrisa y un bonito vestido, paseaba buscando la paz y la belleza al lado del río.

- Una señorita como usted no debería pasear sola por estos lugares.


El sol le venía de frente y el jinete se desdibujaba a contraluz. Ya no había vuelto a verlo desde aquel día en el que solo habían existido ellos dos, como si una conexión mágica los hubiera unido, como si el destino se hubiera conjugado para ponerlos en el mismo sitio y a la misma hora.

Aquella noche, Luna Sun, se había puesto enferma y ella tuvo que sustituirle a la hora de cantar. Su voz era armónica y tenía el extraño don de captar por completo la atención. El bullicio del salón se detenía y solo se oían, casi como un sacrilegio, los golpes de los vasos sobre las mesas o de los puños en los arrastres de las cartas.  Incluso, el violín de Tom, parecía secundario.


Ella no se fijaba en los rostros de los hombres pero buscaba con la mirada el de aquel joven que la había cautivado. Casi al final de su actuación, la puerta del salón se abrió, dejando paso a un vaquero bien aseado, con el sombrero en la mano y unas espuelas que brillaban como nuevas. Su corazón empezó a latir con tanta fuerza que le hizo perder por un momento el hilo de la canción. Hizo una pausa y prosiguió, jugando con sus manos, como enjabonándolas. Puros nervios. Siguió con la vista al joven hasta que este se apoyó en la barra de la cantina. Pidió un whisky. Brindó por ella y tomó un sorbo.

Los aplausos y silbidos de admiración la envolvieron y se sintió protegida. Sonrió y, agradecida, se inclinó varias veces mientras su nombre resonaba en toda la estancia. Se retiró por detrás de las cortinas del escenario y se sentó en unos maderos. Notaba temblar todo su cuerpo. Respiró varias veces, profundamente, dejando salir el aire. Notaba los latidos de su corazón como si fuera un tambor marcando un ataque de guerra.

Y por primera vez rompió su protocolo. Salió al salón con esa sonrisa que encandilaba, con la naturalidad de quien se sabe segura de quién es, y se acercó hasta la barra. Dimas la recibió como solo un caballero puede recibir a quien sabe es una Dama. Nadie pudo objetar nada. Distancia prudencial. Miradas discretas. Sonrisas cómplices… Y todo el tiempo por delante hasta casi el amanecer, cuando el salón quedó en silencio y a oscuras, si no hubiera sido por el candil que el tabernero les había dejado sobre el mostrador.

Por fin solos, con las manos sudorosas, con las bocas temblorosas, con las miradas llenas de deseo, de algo que solo habían sentido estando juntos.
Dimas la tomó en brazos y, de un solo gesto, la dejó sentada encima de la barra. Sus ojos quedaron a la altura de los femeninos, perdiéndose en aquella mirada tan negra como una noche en luna nueva. Tomó su rostro entre las manos. Ella era la luna. Él la noche. La miró a la boca. Se acercó despacio, como pidiendo un permiso que tenía ya concedido.
Sintieron el suave roce de unos labios hambrientos, el hormigueo espontáneo de la pasión extendiéndose por sus cuerpos; una sensación que les hacía pegarse al otro, que les invitaba a que las manos se volvieran tímidos pájaros sobre el otro, retirando la ropa, el impedimento para dar rienda suelta a sus instintos.

Él jamás se había sentido así: Tan seguro como salvaje y, sin embargo, inexperto.
Ella jamás se había dejado llevar por ese instinto primitivo del que había oído hablar a sus compañeras y que, en alguna ocasión, con cierta vergüenza y mucha curiosidad, había estado observando.



Sus cuerpos exudaban gotitas de sudor a la luz del tintineo de la llama del quinqué. Sus gargantas se secaban ante un espeso jadeo que ni la saliva del otro apaciguaba. Se devoraban con hambre atrasada.
Solo aquel quejido de dolor ante la inocencia arrebatada por gusto, les detuvo un segundo. Él tuvo el empaque y dulzura necesarios para ser paciente. Ella, la seguridad de saber que se entregaba al hombre que sabía tratarla, que bebía sus lágrimas, que abrigaba su temblor…
Cuando Dimas pronunció su nombre entrecortado entre su aliento…  Catyna ya era suya para siempre.



Tema 2-52: Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.
"El Libro del Escritor"

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