Mis letras, mis palabras, mis frases, mis sentimientos…Todo cuanto plasmo, aún sin dejar de ser de mí, de mi marca, te pertenecen en pensamiento desde este instante en que tú me lees…

© ɱağ

Desde 2014

Y cierro los ojos para abrir mi ánima…

31 de enero de 2017

2


La chica del Saloon



Las chicas del Saloon eran un auténtico espectáculo. Eran las primeras que habían llegado al pueblo. Los hombres se volvían locos. Las mujeres las miraban con desprecio, acusándolas de furcias y de roba maridos.
Cierto es que algunas se sacaban un dinerillo extra compartiendo sus encantos con algún que otro vaquero o algún hombre de negocios que estaba de paso. Pero ella era diferente. La más deseada aún sin ser la más bella. Mas su cuerpo era un templo sagrado digno para el más alto de los dioses, para el más magnánimo de los hombres.
Se retiraba a su habitación y ya no era vista hasta la mañana siguiente cuando, con su mejor sonrisa y un bonito vestido, paseaba buscando la paz y la belleza al lado del río.

- Una señorita como usted no debería pasear sola por estos lugares.


El sol le venía de frente y el jinete se desdibujaba a contraluz. Ya no había vuelto a verlo desde aquel día en el que solo habían existido ellos dos, como si una conexión mágica los hubiera unido, como si el destino se hubiera conjugado para ponerlos en el mismo sitio y a la misma hora.

Aquella noche, Luna Sun, se había puesto enferma y ella tuvo que sustituirle a la hora de cantar. Su voz era armónica y tenía el extraño don de captar por completo la atención. El bullicio del salón se detenía y solo se oían, casi como un sacrilegio, los golpes de los vasos sobre las mesas o de los puños en los arrastres de las cartas.  Incluso, el violín de Tom, parecía secundario.


Ella no se fijaba en los rostros de los hombres pero buscaba con la mirada el de aquel joven que la había cautivado. Casi al final de su actuación, la puerta del salón se abrió, dejando paso a un vaquero bien aseado, con el sombrero en la mano y unas espuelas que brillaban como nuevas. Su corazón empezó a latir con tanta fuerza que le hizo perder por un momento el hilo de la canción. Hizo una pausa y prosiguió, jugando con sus manos, como enjabonándolas. Puros nervios. Siguió con la vista al joven hasta que este se apoyó en la barra de la cantina. Pidió un whisky. Brindó por ella y tomó un sorbo.

Los aplausos y silbidos de admiración la envolvieron y se sintió protegida. Sonrió y, agradecida, se inclinó varias veces mientras su nombre resonaba en toda la estancia. Se retiró por detrás de las cortinas del escenario y se sentó en unos maderos. Notaba temblar todo su cuerpo. Respiró varias veces, profundamente, dejando salir el aire. Notaba los latidos de su corazón como si fuera un tambor marcando un ataque de guerra.

Y por primera vez rompió su protocolo. Salió al salón con esa sonrisa que encandilaba, con la naturalidad de quien se sabe segura de quién es, y se acercó hasta la barra. Dimas la recibió como solo un caballero puede recibir a quien sabe es una Dama. Nadie pudo objetar nada. Distancia prudencial. Miradas discretas. Sonrisas cómplices… Y todo el tiempo por delante hasta casi el amanecer, cuando el salón quedó en silencio y a oscuras, si no hubiera sido por el candil que el tabernero les había dejado sobre el mostrador.

Por fin solos, con las manos sudorosas, con las bocas temblorosas, con las miradas llenas de deseo, de algo que solo habían sentido estando juntos.
Dimas la tomó en brazos y, de un solo gesto, la dejó sentada encima de la barra. Sus ojos quedaron a la altura de los femeninos, perdiéndose en aquella mirada tan negra como una noche en luna nueva. Tomó su rostro entre las manos. Ella era la luna. Él la noche. La miró a la boca. Se acercó despacio, como pidiendo un permiso que tenía ya concedido.
Sintieron el suave roce de unos labios hambrientos, el hormigueo espontáneo de la pasión extendiéndose por sus cuerpos; una sensación que les hacía pegarse al otro, que les invitaba a que las manos se volvieran tímidos pájaros sobre el otro, retirando la ropa, el impedimento para dar rienda suelta a sus instintos.

Él jamás se había sentido así: Tan seguro como salvaje y, sin embargo, inexperto.
Ella jamás se había dejado llevar por ese instinto primitivo del que había oído hablar a sus compañeras y que, en alguna ocasión, con cierta vergüenza y mucha curiosidad, había estado observando.



Sus cuerpos exudaban gotitas de sudor a la luz del tintineo de la llama del quinqué. Sus gargantas se secaban ante un espeso jadeo que ni la saliva del otro apaciguaba. Se devoraban con hambre atrasada.
Solo aquel quejido de dolor ante la inocencia arrebatada por gusto, les detuvo un segundo. Él tuvo el empaque y dulzura necesarios para ser paciente. Ella, la seguridad de saber que se entregaba al hombre que sabía tratarla, que bebía sus lágrimas, que abrigaba su temblor…
Cuando Dimas pronunció su nombre entrecortado entre su aliento…  Catyna ya era suya para siempre.



Tema 2-52: Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.
"El Libro del Escritor"

26 de enero de 2017

Noche sin ti...



Cuando tú no estás...
Cuando tú te ausentas...

Cuando te tengo en mis pensamientos segundo a segundo
y el susurro de la noche clama su atención.
Cuando tú no estás pero mi corazón te siente latir
a pesar de amparar mi mirada en la lejanía.

Cuando cierro la luz y me abrazó el vacío de tu hueco.
Cuando me acurruco en tu almohada y busco el calor que necesito.

Cuando tú no estás
y te invento bajo mis párpados cerrados.

Cuando oigo cada hora marcada en el reloj, 
cuando cada minuto parece eterno...
Y cuando me levantó y deambulo por la casa en penumbra, 
como buscándote...,
como esperando que llegues ya... 

El tiempo apenas pasa.
Regreso sobre mis pasos
y la cama, nuestra cama,
me acoge como nido de espinas:
Fría.
Sola.

Me duermo pensando en tus besos,
en tus abrazos, en tu sonrisa,
en tu mirada incógnita... 
En esa que miente en el todo está bien
 pero esconde alguna herida...
Y me duermo.

La madrugada me despierta.
Llama la luna 
entre los resquicios diciendo que se va.
Y, entonces, oigo tus pasos acercarse sigilosos...
Respiro
profundamente...
Sin moverme, te dejo que te acomodes junto a mí... 
Y mi cama ya no está fría
ni mi soledad cercana...
Tú ya estás... y me ahogo en el aroma de tu piel... 
en el soniquete de tu respiración.
Mi velo te cubre.
Mi sueño se une al tuyo... 
Y amanece... 

Y dejé  de ser luna para ser tu Mujer .





Esta semana, Pepe, desde su blog
nos inspira en Soledades.

20 de enero de 2017

1

La última campanada


La última campana, la que marcara el inicio de ese nuevo día, de ese nuevo año…, solo iba a ser un paso más dentro de aquel silencio que le seguía sorprendiendo por dentro y que solo compensaba con el teclear de su vieja máquina de escribir, con el pasar de hojas en blanco sobre las que su mente se desnudaba, con las que vestía su clausura, con el devorar libro tras libro con unos ojos cada día más cansados y donde las lágrimas afloraban irremediablemente cuando entre las páginas aparecía alguna fotografía. La acariciaba con las yemas de sus dedos, observando el paso del tiempo en unas manos cuyos huesos se retorcían.

Levantaba la vista y más allá del último resplandor, más allá de las viejas vidrieras, el todo… y la nada. La más absoluta oscuridad que ahora se embriagaba de mil rayos, de mil truenos que quebraban el cielo… La lluvia escupía sobre los cristales de aquellas pequeñas ventanas y la estufa de tiro mantenía su cuerpo templado. La taza aún humeaba aquel café de puchero mientras sus pensamientos se enfriaban.


El mar rugía con garra, rompía contra la roca con una fuerza salvaje, tan salvaje como la soledad que le envolvía. No solo esa sino casi todas las noches de su vida desde el día que medio la perdió. Pero en esta, se sentía más solo que nunca. Las palabras no afloraban sobre el blanco de los papeles, los dedos no parecían estar prestos a pasar páginas… y la mente parecía obtusa. Ni el café parecía saber a café. Nunca había vuelto a ser café desde aquella tarde. Era joven. Todavía tenía sonrisas e ilusiones, y el tiempo era un suceder de acontecimientos que, aún siendo insignificantes, merecían grandeza.

Tal vez llegara su último día. Cientos de veces, mientras el mar se mecía bajo el influjo de la luna, se había preguntado dónde y cómo le sorprendería la muerte. Observó el reloj de pared. Media noche.
No había barcos que hicieran sonar sus bocinas al paso cerca del faro. No había horizonte. No había nadie más. Nada más. Solo él, la soledad, la última campanada…  y la tempestad, abrazándolo.




Este relato pertenece a un nuevo reto de escritura en el que me he embarcado. Está convocado por  El Libro del Escritor, en adelante elde, un portal  de literatura gamificada donde se da oportunidad a escritores y futuribles.
En este caso son cincuenta y dos composiciones de diferente temática a repartir durante todo el año.

Me parece una magnífica oportunidad así que ya que se presenta, se aprovecha.
Intentaré combinar con otras propuestas y con iniciativas propias, obviamente.

Mil gracias a tod@s por la paciencia y no os preocupéis por el tema “comentarios”.  No hay problema alguno. Es mucha faena. Quedáis exonerad@s.

Tema 1-52: Relato ubicado en Año Nuevo.


15 de enero de 2017

Ánima en viento...



Las sombras de la noche son cómplices callados en este sentimiento, 
en este ser en el abrazo alado y níveo del cuervo, 
en la razón libre del vuelo del dragón que aletea en fuego 
camino del ocaso donde el cielo se arrebola entre siluetas oscuras 
que tiñen el infinito con sonidos albinos. 

Desean anidar en mi alma, 
paraíso perdido
donde
los lúgubres e intrusos sentimientos desean venir a posarse, 
donde los gritos lastimeros la aclaman 
como arena seca que endurece el sendero. 

Mas me elevo, 
me alejo en ese horizonte tibio de las alas que advierto mías 
y que, renovadas, inmaculadas e imperceptibles,
cubren las ausencias de un destino no escrito de dioses insurrectos
que el viento diluye en la caricia que acuna mi ánima.

29-septiembre-2016

2 de enero de 2017

El Deseo clama nuestro Silencio...





Tu voz me acaricia cuando susurra mi nombre.
Se clava en mis entrañas.
Cruza los océanos de silencio,
de distancias laceradas,
posándose sobre mi piel con hálito templado.

La reclama.
La trepa.
La engendra de mieles que rebosan los instintos.
La viste de deseos consumados,
de arrebatos diluidos entre sudores de cuerpos entregados.

Sí, tu voz..
Me atraviesa.

Mientras... 
el silencio de mi boca se enreda en los lagos de tus labios. 
Ruge en falsa mansedumbre por el deseo colgado de tantos anhelos. 
Salvia de vida que se enreda en tu piel como hiedra de serpiente. 
Mis dedos son salitre en los cauces de tus perfiles. 
Mi lengua, tacto húmedo de los canales ebrios de tus deseos. 
Mis ojos, hechiceros de tus enigmas más pretéritos, 
de tus íntimos secretos; 
perforadores de tu alma entregada desde tu animus. 
Mis pensamientos, las perversiones de tu carne en el roce profundo con la mía. 

Y tú... 
Eres... el volcán en el que me aderezo plena,
la pasión culminada en racimos de pasión,
el balanceo en fuego de este arrobo, 
súbito escarnio de mi sangre, que engendra mis esencias.



Si deseas seguirme por correo.

Acólitos...